En la llanura santafesina, cuando el sol baja y los teros chillan, el campo se achica a sonidos mínimos: un mate que chispea, un motor que tose, un alambre que se afloja con el viento. Y a veces, un maullido remoto que te raspa la curiosidad hasta que no te deja en paz.
A Hugo “Pachi” Giménez, criador de terneros y gallinas camperas, esa insistencia lo tuvo a maltraer. “Hacía días que escuchaba maullidos y no podía ubicar de dónde salían”, contó, moviendo la cabeza como quien vuelve de un susto dulce. Nadie en el campo imaginaba lo que se iba a encontrar.
El galpón, ese teatro de lo inesperado
El galpón de Pachi es un museo de hierros, fardos y recuerdos tercos. Entre un tractor Ford 81 y la sembradora viejita, algo sonaba como si la noche tuviera un secreto. “Entraba con la linterna, vos sabés cómo es el campo, uno escucha de todo, pero esto era distinto”, dice. El pampero jugaba con la chapa y los fardos soplaban olor a alfalfa seca, mientras el sonidito seguía ahí, finito y repetido.
La guarida mínima
El hallazgo estaba metido en un hueco imposible: un nido exactamente armado entre los fardos y la cubierta trasera de la chata, tibio como pan recién hecho. Cinco bultitos temblorosos, con la panza latiendo como tambores chiquitos, y una gata atigrada con cara de “acá mando yo”. “Mirá si no va a tener carácter”, se ríe Pachi, “me bufó como si fuera una yegua defendiendo el potrillo”. En el campo, la maternidad es una ley muda, y ella la recitó sin saltarse ni un renglón.
“Yo soy de perros, siempre de perros. Gatos, sí, alguno hay para los ratones, pero esto fue otra cosa”, admite. La escena le partió el plan del día y le armó otro nuevo: agua limpia, trapos viejos, un cajón de madera bajo techo, y a negociar con la señora del galpón sin que se sienta invadida.
Un acuerdo a maullidos
“Che, gata, te lo corro dos metros y no te toco a los pibes”, le dijo en voz baja, como si el acuerdo se firmara sin papeles. La madre miró, dudó, olfateó, y aceptó el trato con esa diplomacia peluda que tienen las gatas. “Nunca había visto algo tan chiquito y tan decidido a vivir”, agrega. Los cinco se acomodaron en el cajón con trapos limpios, apartados del paso y del frío, mientras la gata se quedaba alerta, orejas finitas como antenas.
“Te juro que pensé que era un bicho raro o un ruido del motor viejo”, confiesa Pachi, “pero no, era vida de la buena, pidiendo lugar”.
La vecina, la veterinaria y el mate
Como en toda historia de campo, apareció Nancy, la vecina que “sabe de todo”. Ella llamó a la veterinaria del pueblo, que recomendó paciencia, comida húmeda para la madre, y cero mudanzas bruscas. “No te hagas el apresurado, Pachi, que la gata se te va con los críos si la apurás”, fue la orden. Él asintió con un “listo, listo” y puso a calentar agua para el mate, que todo lo arregla y todo lo acompaña.
La familia improvisó guardia de ternura: los chicos mirando de lejos, la gata amamantando con mirada de reina, y el criador aprendiendo una lección de esas que no se olvidan. “En el galpón pasan cosas, viste, pero esto me desacomodó lindo”, dice con una sonrisa que se le nota en la voz.
Cuando la vida elige su esquina
Hay algo profundamente porteño y profundamente criollo en la lógica de las gatas: buscar una esquina imposible y convertirla en hogar. El galpón, que siempre huele a grasa y a campo, se volvió cuna mínima con ronroneo de canción. Afuera, los teros seguían gritando su “no te acerques”, adentro cinco pelusas sumaban suspiros al inventario.
“Lo lindo es que te obliga a parar”, remata Pachi, “a escuchar, a mirar de nuevo el mismo lugar y verlo distinto”. En tiempos de apuro y cielo seco, la camada se volvió un manojo de calma, una excusa para amansar el día.
Si te pasa a vos: qué hacer sin armar quilombo
- Dejá que la madre esté con sus crías y evitá moverlas en las primeras semanas, salvo riesgo evidente.
- Prepará un rincón reparado, con caja y mantas, lejos del paso y de los perros.
- Poné agua fresca y algo de comida húmeda para la madre, sin invadir el nido.
- Consultá a una veterinaria para desparasitación y calendario de cuidados.
- Planificá la castración cuando llegue el momento y, si podés, buscá adopciones responsables.
Epílogo con bigotes
A los pocos días, uno de los gatitos abrió los ojos y miró el mundo como si fuera una pelota de luz. La gata ya no bufa, apenas avisa, y Pachi entró en esa rutina de levantar la vista y chequear que todo siga tranquilo. “Mirá si no me van a ganar el corazón”, se ríe, “si hasta les hablo como si fueran terneritos”.
En el campo, los milagros no caen del cielo, se hacen con paciencia, con oído, con un mate que espera al lado de la puerta del galpón. A veces llegan en patas suaves, con ojos cerrados y hambre de mundo. Y te cambian el rumbo, nomás, como quien acomoda un cajón y encuentra, sin querer, el lugar perfecto para que la vida arranque de nuevo.