En la banquina polvorienta de la ruta 3, a la altura de Tres Arroyos, hay un personaje que hace que todos frenen el apuro. Entre surtidores, mates y viento pampero, un perrito marrón con pecho blanco se ganó a los vecinos y a los que pasan una sola vez. Le dicen Chori, por glotón y por argento. Y sí: para muchos, ya es el “empleado” que más garra le pone al laburo.
Un empleado con cuatro patas
Chori llegó hace dos inviernos y se fue quedando, a lo pibe sin reloj. Nadie lo anotó en planilla, pero todos lo tienen de compañero. “Es más puntual que nosotros”, se ríe Miguel, el playero de la mañana, mientras le acomoda el pañuelo azul al nuevo “agente” de seguridad.
Con dos ojazos negros y una paciencia de santo, el bicho se planta al lado del que necesita charla o caricia. “Cuando venís quemado del asfalto, te baja un cambio”, cuenta Soledad, maestra rural que carga nafta y deja galletitas a modo de propina.
Rutina de un personaje de banquina
El día de Chori arranca con el sol tibio y un desfile de camiones. Primero, un paneo general: olfateo de cubiertas, chequeo del playón, saludo al que llega, código con los de siempre. Si alguien se estresa, él se estira, apoya el lomo, y deja que la mano se descomprima ahí, entre pelo y respiración.
- Da la “bienvenida” con un colazo medido, acompaña hasta el baño, vigila la mesa del mate, y, si pintó mala cara, ofrece su lomo como terapia express.
“Es terapéutico, che”, larga Darío, camionero de Bahía que lo conoce de memoria. “A la noche, cuando la ruta te cansa, lo ves y te ordena el pulso”.
La familia que lo adoptó sin papeles
No tiene dueño, pero le sobran familias. Los pibes del barrio lo bautizaron, los pisteros le armaron una cucha, y la señora del almacén le deja fiado el alimento. “Si falta un día, el pueblo se preocupa”, dice Norma, que vive a dos cuadras y jura que él distingue su bocina.
En una punta, la estación. En la otra, el campo que arrulla. Chori mapea su territorio con calma de baqueano. Y cuando pinta quilombo—algún roce tonto, alguna bronca por el cambio—aparece, mete el hocico, y baja el tono con su mirada de mediador nato. “Nos salvó de mil discusiones”, cuenta Miguel, con mano en el corazón.
Marca personal: chaleco, credencial, mate y siesta
Los domingos le ponen un chaleco fluorescente que reza “Staff”, y una credencial impresa con marcador que dice “Chori, Atención al Cliente”. Él posa con sobriedad, como si de verdad supiera de marketing. A veces “firma” con la huella en una libretita grasosa donde los camioneros dejan mensajes.
A la tarde, el ritual del mate compartido. Se sienta a medio metro, espera el bizcochito, y mira el horizonte como quien piensa el precio del dólar. Después, siesta legendaria: patas al cielo, panza al viento, y un oído siempre prendido a cualquier ruido raro.
En la ruta, nombre propio
La fama se expandió por grupos de WhatsApp de choferes. Hay fotos, memes, y hasta un sticker que dice “Si frenás en el km tal, saludá a Chori”. No falta quien detenga el auto simplemente para conocerlo. “Es la excusa ideal para estirar las piernas”, dice Gabo, que viaja cada quince días a Mar del Plata.
Alguno propuso adoptarlo formalmente y llevarlo a casa. Pero el consenso es claro: este es su lugar, su peaje de mimos, la frontera donde se cruzan historias y apuros. “Acá es feliz, y nosotros con él”, lanza Soledad, con el termo a media carga.
Lo que enseña un perro sin apuro
En un mundo que corre con las luces altas, Chori te obliga a bajar una marcha. Te mira y dice, sin palabras, que la ruta es menos hostil cuando alguien te espera. Te invita a jugar con la pelota desinflada, a respirar hondo, a recordar que la vida no es solo kilómetros.
No hay KPI, pero sí impacto. No hay recibo, pero sí valor. Y hay una verdad simple: un perro querido ordena el barrio, hace comunidad y mejora el humor del que carga, del que cobra y del que solo pregunta por el baño.
“Si falta Chori, falta algo”, sentencia Miguel, mientras le sirve agua fresca en un fuentón de plástico. El sol cae, la sombra se estira, y el “empleado” de la vereda levanta la cabeza ante un motor que llega. Una palmadita, dos galletitas, y otra historia que se suma al anecdotario de la ruta.
El pueblo ya lo sabe: hay servicios que no figuran en el cartel, pero hacen más por la gente que cualquier promoción. Un lomo tibio, un hocico frío, y ese modo de mirarte que te recuerda que, aun en la banquina, también se puede estar en casa.