El viento rajaba la cara y el frío subía como un rumor por las piedras heladas. Durante tres días, un jujeño de 33 años vagó en la Puna sin señal, sin camino, sin más compañía que una llama marrón de ojos enormes que decidió no apartarse. Él la bautizó “Lulú” cuando entendió que, si seguía ahí, no era casualidad: era su suerte, su foguecito contra el hielo y su guía silenciosa.
La mañana que cambió de rumbo
Diego Alarcón, vecino de Abra Pampa, había salido a buscar un tropel que se desbandó tras una helada brava. “Me metí atrás de unas huellas y, cuando quise acordar, el cerro me comió la brújula”, contó con la voz todavía gastada. La nevada llegó rápido, tapó los rastros y dejó la nada plena, ese blanco que confunde norte con oeste.
Esa tarde apareció la llama, con andar tranquilo y mirada serena. No tenía marca, no estaba atada. Se quedó a un metro, mascando ichu como si supiera que el hombre necesitaba una pausa larga. “Yo pensé que se iba, pero se echó al costado cuando el viento apretó”, recuerda Diego, todavía con los dedos entumidos.
Calor de lana y coraje
A 4.100 metros, la temperatura cae como una persiana y la noche te muerde los talones. Diego encontró un reparo detrás de un farallón y Lulú se acomodó pegada, espalda con espalda. El abrigo de la llama no es chiste: la lana guarda calor y, con el cuerpo, corta la corriente filosa. “Si se iba, yo no pasaba esa noche”, dijo sin buscar dramatismos, como quien cuenta una jugada que salió por medio.
Con el primer amanecer, la sed lo raspó por dentro y el estómago pidió algo. Rasqueteó hielo, lo dejó derretir en una tapa de olla, masticó charqui que llevaba al fondo de la mochila. Lulú hurgó pastos duros entre piedras, siempre a dos pasos, siempre alerta.
Señales mínimas en un desierto alto
En la Puna, el sol engaña: calienta la frente y te quita el agua por adentro. Diego caminó por horas buscando una arista conocida, una apacheta, cualquier trazo que dijera “por acá vuelve”. La llama iba delante, frenaba, torcía, regresaba, como si midiera el aire y leyerá el terreno. “Al tercer día la seguí sin dudar, ya está, confié”, dijo, y el verbo se le clavó en la lengua como un ancla.
A media tarde vieron una lata oxidada, un hueso trabajado, esos rastros humanos que en la altura valen más que una brújula. “La Puna habla bajito, hay que afinar el oído”, explicó Doña Martina Quispe, pastora de la zona de Susques. “La llama, cuando te acompaña, no es por mansita nomás: te está cuidando”.
El operativo que miró al cielo
La familia de Diego había avisado a la policía rural el primer día. Desde la Seccional de Susques, el comisario Farfán armó un rastrillaje con baqueanos, un cuatriciclo y una camioneta 4×4. “Teníamos viento blanco, terreno blando, cerros con sombra temprana: condiciones bravas”, dijo el oficial. Los drones no volaron bien por las ráfagas y la altura, así que hubo que confiar en la línea de ojo, el pulso y la memoria de los que caminan la piedra.
Cuando por fin divisaron a Diego, estaba entero pero gastado, con labios partidos y los pasos cortos. Lulú no se apartó ni cuando le alcanzaron una manta y un mate cocido. “Esa llama nos miró fijo, como diciendo ‘a ver cómo lo tratan’”, bromeó uno de los rescatistas, alivianado pero con respeto pleno.
Lo que enseña una llama
En el hospital de Abra Pampa confirmaron lo esperable: deshidratación leve, principio de hipotermia, cansancio hondo. Nada que reposo, caldito y silencio no arreglen en unos días. Diego pidió una sola cosa antes de dormir: volver hasta el lugar donde se separó de Lulú para dejarle sal y agradecer de frente. “No me sale decir milagro, pero esto fue otra cosa: fue compañía pura”, dijo.
- En altura, el cuerpo pierde agua más rápido y el frío muerde más hondo.
- El abrigo animal corta viento y conserva calor de forma clave.
- La lectura del terreno y los rastros mínimos valen más que cualquier app.
Voces de la Puna
“Mi abuela decía que la llama sabe dónde está el corral aunque te lo muden”, soltó Doña Martina, acomodando el poncho con manos sabias. “No es mascota, es compañera de camino, y el camino allá arriba es más largo que el mapa”.
El comisario Farfán fue más terrenal: “Acá la diferencia la hace avisar a tiempo, llevar radio, no salir solo si pinta tormenta, y respetar a los que viven de estas lomas”. Después miró el horizonte, celeste duro, y agregó: “Y si una llama te adopta, hacé caso y seguí”.
Un regreso con otro pulso
De vuelta en el pueblo, Diego camina despacio, saluda a todos, se ríe bajito y mira el cerro con una mezcla de recelo y cariño. Dice que aprendió a contar las horas por la sombra corta del mediodía y por el filo donde el viento cambia de tono. “Me quedó un olor a lana caliente, a pasto seco, a piedra viva”, confiesa.
A veces, en la noche, cuando baja la helada y los perros se arrebujan, jura escuchar el pisar mullido de Lulú por la calle tierra. “Si vuelve, la puerta está abierta”, promete, y uno imagina la escena: una llama en el umbral, él cebando mate, y la Puna ahí nomás, enorme y cercana. Porque a ciertas alturas, la supervivencia también es un pacto de confianza. Y hubo una llama que lo cumplió como si llevara siglos sabiéndolo.